
– Al parecer, el hombre del coche era amigo del padre de su esposa -dijo el americano. Dio media vuelta y se dirigió al bar del hotel-. Imagino que tanto él como sus colegas de las SS estuvieron en este lugar un buen número de veces. -Me fijé en cómo miraba los vasos sucios que había sobre la barra, los ceniceros a rebosar, las manchas de cerveza del suelo. Todo obra mía. Aquel bar era el único sitio del hotel en el que me sentía como en casa-. Supongo que aquéllos fueron días mejores, ¿no? -Se rió-. ¿Sabe? Creo que debería volver a lapolicía, Gunther. Usted no tiene alma de hotelero, de eso no hay duda. Por favor, si he visto bolsas para transportar cadáveres más acogedoras que este lugar.
– Nadie le obliga a quedarse y confraternizar -respondí.
– ¿Confraternizar? -Volvió a reír-. ¿Es eso lo que usted hace? No, no lo creo. Confraternizar implica un trato como de hermanos. Y yo no podría tenerlo con nadie que fuera capaz de quedarse en una ciudad como ésta, amigo.
– No se sienta mal por ello -respondí-. Soy hijo único, tampoco me va mucho el trato fraternal. A decir verdad, prefiero vaciar ceniceros que seguir hablando con usted.
– Wolf, el tipo del coche -dijo el americano-, era un tipo de lo más emprendedor. Antes de quemar cuerpos se dedicaba a arrancar dientes de oro con unas tenazas. Tenía unas tijeras de podar con las que cortaba los dedos en los que había una alianza. Tenía incluso unas tenacillas que utilizaba para inspeccionar las partes íntimas de los cadáveres en busca de fajos de billetes, joyas o monedas de oro. Es sorprendente lo mucho que encontraba. Suficiente para llenar una caja de vino vacía que enterró en el jardín de su suegro antes de que el campo fuera liberado.
