
– Y usted pretende desenterrarla.
– Yo no voy a desenterrar nada. -Señaló la puerta con el pulgar-. Lo hará él, si sabe lo que le conviene.
– ¿Qué le hace pensar que la caja sigue allí? -pregunté.
Se encogió de hombros.
– Me atrevería a apostar que su suegro, herr Handlöser, no la encontró. De haberlo hecho, este lugar estaría en mejor estado y es probable que no hubiera acabado con la cabeza entre las vías de Altomünster, a lo Ana Karenina. Aunque estoy seguro de que no tuvo que esperar tanto como ella. Eso es algo que a los cabezas cuadradas se les da de maravilla. Los trenes. Las cosas como son. En este maldito país todo funciona como un reloj.
– ¿Y para qué serían los cien marcos? ¿Para mantener la boca cerrada?
– Eso es. Pero no como usted piensa. Verá, le estoy haciendo un favor. A usted y al resto de gente que vive aquí. Mire, si la gente se enterara de que alguien encontró una caja llena de oro y joyas en su jardín, Gunther, se armaría un revuelo tremendo y todo el mundo comenzaría a buscar tesoros. Los refugiados, los soldados británicos y americanos, los alemanes desesperados, los Ivanes avariciosos, todo el mundo. Por eso debe permanecer en secreto. Así de simple.
– El rumor de un tesoro escondido podría ser beneficioso para el negocio -respondí, encaminándome a recepción. El dinero seguía sobre el mostrador-. Podría atraer a la gente a manadas.
– ¿Y qué sucedería cuando no encontraran nada? Piense en ello. Las cosas podrían ponerse muy feas. No sería la primera vez.
Asentí. No puedo decir que no me tentara su dinero, pero no quería tener nada que ver con el oro salido de la boca de nadie. Arrastré los billetes hacia él.
