
– Cave cuanto quiera. Y haga lo que le salga de las narices con lo que encuentre. Pero sepa que no me gusta el olor de su dinero. Me parece una parte del botín, y si en su momento ya no quise saber nada, ahora mucho menos.
– Vaya, vaya. ¿No es sorprendente? Un cabeza cuadrada con principios. Creí que Adolf Hitler había terminado con todos ustedes.
– Son tres marcos por noche. Cada uno y por anticipado. Tiene a su disposición el agua caliente que necesite, noche y día, pero si desea algo más que una taza de té o de café, eso va aparte. La comida está racionada, y es para los alemanes.
– Me parece bien. Y si sirve de algo, deje que le diga que lo siento. Estaba equivocado con respecto a usted.
– Si sirve de algo, yo también lo siento -dije, sirviéndome otro vaso de su whisky-. Cada vez que miro esa franja de árboles me viene a la cabeza lo que sucedió al otro lado.
2
El hombre del coche era de estatura media, tenía el pelo oscuro, las orejas prominentes y la mirada sombría. Llevaba un grueso traje de lana y una camisa blanca sin corbata, sin duda para evitar que se colgara. No me habló y yo no le hablé. Entró en el hotel con la cabeza enterrada entre sus estrechos hombros, como si (no se me ocurre ninguna otra explicación) cargara con el peso de una enorme vergüenza. Aunque tal vez me pueda la imaginación. El hecho es que sentí lástima por él. Si las cartas se hubieran jugado de manera distinta, podría haber sido yo el que se encontrara en ese Buick.
Había otra razón por la que me dio lástima. Parecía enfermo, febril. Ni de lejos en las mejores condiciones para empezar a cavar un hoyo en mi jardín. Así lo comenté con el americano mientras éste buscaba herramientas en las profundidades del maletero de su Buick.
– Por su aspecto debería estar en el hospital.
