– Y ahí es donde lo llevaré una vez haya terminado con esto -respondió el americano-. Si encuentra la caja, tendrá su penicilina. -Se encogió de hombros-. No creo que colaborara si no hubiéramos llegado a ese acuerdo.

– Vaya, y yo que creía que los yanquis prestaban atención a las Convenciones de Ginebra…

– Oh, lo hacemos, lo hacemos -respondió-. Pero estos tipos no son soldados convencionales, son criminales de guerra. Algunos de ellos han asesinado a miles de personas. Ellos mismos se han colocado fuera del ámbito de protección de Ginebra.

Seguimos a Wolf hasta el jardín y una vez allí el americano soltó las herramientas en el césped y le ordenó que se pusiera a ello. Era un día caluroso. Demasiado para hurgar en ningún otro lugar que no fuera los bolsillos. Wolf se apoyó en un árbol durante unos segundos para tomar fuerzas y soltó un suspiro.

– Creo que éste es el sitio, justo aquí -susurró-. ¿Podría traerme un vaso de agua? -preguntó.

Le temblaban las manos y tenía la frente cubierta de sudor.

– Tráigale un vaso de agua, ¿quiere, Gunther? -ordenó el americano.

Fui a por el agua y cuando regresé encontré a Wolf pico en mano. Hizo un intento de clavarlo en el suelo y a punto estuvo de desfallecer. Lo agarré por el hombro y lo ayudé a sentarse. El americano encendió un cigarrillo con aparente desinterés.

– Tómate tu tiempo, Wolf, amigo. No hay prisa. Por eso reservé dos noches. ¿Lo ve? Tuve en cuenta que no estaría en forma para hacer trabajos de jardinería.

– Este hombre no está en condiciones de hacer ningún tipo de trabajo físico -respondí-. Fíjese en él, apenas se sostiene en pie.

El americano lanzó la cerilla hacia Wolf y escupió con desdén:

– ¿Acaso cree que él le dijo eso a alguna de las personas que estuvieron en Dachau? Y un carajo. Lo más probable es que les pegara un tiro en la cabeza nada más caer al suelo. Lo cual tampoco es mala idea. Me evitaría tener que llevarlo al hospital de la cárcel después de esto.



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