– Ya. Pero ése no es el objetivo de esta aventura, ¿no? Creí que sólo le interesaba conseguir lo que hay enterrado por aquí.

– Así es. Pero no seré yo quien cave. Estos son zapatos Florsheim.

Le arrebaté el pico de la mano con mala gana y añadí:

– Si tiene que servir para que pueda librarme de usted antes de esta noche, lo haré yo mismo.

Hundí la punta del pico en el césped como si estuviera clavándola en la cabeza del americano.

– Nadie le ha dado vela en este entierro, Gunther.

– No, pero nos tocará celebrar uno a menos que sea yo quien se ocupe de esto.

– Gracias, compañero -musitó Wolf, que fue a sentarse debajo del árbol, se recostó y entrecerró los ojos.

– Hay que ver estos cabezas cuadradas… -El americano sonrió-. Siempre unidos, ¿eh?

– Esto no tiene nada que ver con ser alemán -respondí-. Es probable que hubiera hecho lo mismo por alguien que no me cayera demasiado bien, incluso por usted.

Estuve trabajando durante una hora con el pico y después con la pala hasta que, aproximadamente a un metro de profundidad, di con algo duro. Sonó como si hubiera golpeado un ataúd. El americano corrió al borde delagujero y miró en su interior con ojos ávidos. Seguí cavando y por fin encontré una caja del tamaño de una maleta pequeña que levanté y coloqué sobre la hierba, junto a sus pies. Era pesada. Cuando alcé la vista me di cuenta de que el americano tenía una treinta y ocho en la mano. Cañón corto, pistola de policía.

– Nada personal -comentó-, pero un hombre que cava para encontrar un tesoro puede llegar a pensar que le corresponde una parte. Sobre todo un hombre lo bastante noble como para rechazar cien marcos.

– Lo que pienso es que la idea de destrozarle la cabeza con la pala me resulta muy atractiva -respondí.

El americano levantó la pistola.

– Entonces será mejor que se deshaga de ella, sólo por si acaso.



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