
Me agaché, recogí la pala y la lancé en el parterre. Metí la mano en el bolsillo y, viendo que se tensaba, solté una carcajada.
– Vaya, el tipo duro se pone nervioso, ¿no? -Saqué un paquete de Lucky y encendí un cigarrillo-. Supongo que esos cabezas cuadradas que aún están recogiendo las piezas que les saltaron de la boca no cuidaban mucho su dentadura. Eso o es usted un cuentista.
– Bien, quiero que haga lo siguiente. Salga del hoyo, agarre la caja y llévela al coche.
– Usted y su manicura.
– Eso es, yo y mi manicura -respondió.
Salí del agujero, lo miré a los ojos y después bajé la vista a la caja, en el suelo.
– Es un cabrón, eso está claro. Pero en mi época conocí a muchos cabrones, a algunos de los mayores cabrones, mucho más cabrones que usted, y sé de qué estoy hablando. Hay muchas razones para disparar a un tipo a sangre fría, pero negarse a cargar con una caja hasta un coche no es una de ellas. Así que voy a entrar en casa a lavarme, a beber cerveza, y usted puede irse al infierno.
Di media vuelta y caminé hacia la casa. No apretó el gatillo.
Transcurridos unos cinco minutos, eché un vistazo por la ventana del baño y vi a Wolf caminando despaciohacia el Buick con la caja en brazos. Aún con la pistola en la mano y mirando las ventanas del hotel con expresión nerviosa, como si temiera que estuviera apuntándole con un rifle, el americano abrió el maletero y Wolf soltó la caja. Después ambos subieron al Buick y partieron a toda prisa. Regresé al piso de abajo, me dirigí al bar a por una cerveza y cerré la puerta de entrada con llave. El americano tenía razón en uno de sus comentarios. Era un pésimo encargado de hotel y ya iba siendo hora de admitirlo y hacer algo al respecto. Agarré un pedazo de papel y escribí «cerrado hasta nuevo aviso» en grandes letras rojas. Lo pegué en el cristal de la puerta y regresé al bar.
Dos horas y el doble de cervezas más tarde tomé uno de los nuevos trenes eléctricos con destino a la estación central de Munich.
