
– Sigo esforzándome por olvidarlo -respondí, meneando la cabeza-. Con el debido respeto, herr Sturmbannführer, si dos de sus hombres van a viajar a Palestina, entonces ¿para qué me necesita?
Begelmann se aclaró la garganta.
– Si me permite decir algo, por favor, herr Sturmbannführer -dijo Begelmann con prudencia, revelando un marcado acento de Hamburgo. Six se encogió de hombros e hizo un gesto de indiferencia. Begelmann me dirigió una mirada de desesperación contenida. Tenía la frente perlada de sudor y pensé que no se debía sólo al calor inusual de aquel mes de septiembre-. Porque, herr Gunther, todo el mundo conoce su reputación de hombre honrado.
– Como todo el mundo conoce su gusto por los comentarios fáciles -dijo Six.
Miré a Six y asentí. Ya estaba harto de ser amable con aquel sinvergüenza.
– Lo que está tratando de decir, herr Begelmann, es que no confía en este departamento ni en la gente que trabaja aquí.
El pobre Begelmann contrajo el rostro en un gesto de dolor.
– No, no, no, no, no. No es eso en absoluto.
Sin embargo, yo me lo estaba pasando demasiado bien como para dejar el asunto.
– La verdad es que no me extraña. Una cosa es que te roben, y otra muy distinta es que el ladrón te pida que le ayudes a cargar el botín en el coche en que emprenderá la huida.
Six se mordió el labio inferior, pero enseguida me di cuenta de que lo que en verdad deseaba morder era mi yugular. La única razón por la que guardaba silencio era que yo todavía no había dicho que no. Es probable que supiera que no iba a negarme. Al fin y al cabo, mil libras son mil libras.
