
– Por favor, herr Gunther. -A Six no pareció importarle que fuera Begelmann quien rogara-. Mi familia agradecería mucho su ayuda.
– Mil libras -respondí-. Me ha quedado claro.
– ¿Hay algún problema con la cantidad?
Begelmann miró a Six en busca de alguna pista. No obtuvo ninguna. Six era abogado, no comerciante de caballos.
– Claro que no, herr Begelmann -respondí-. Es generosa. Ése no es el problema; el problema, supongo, es mío. Me pongo nervioso cuando cierto tipo de alimaña trata de quedar bien conmigo.
Six no estaba dispuesto a sentirse ofendido. Al fin y al cabo, como quedó demostrado, era un abogado como todos los demás. Estaba preparado para dejar de lado cualquier sentimiento humano por el bien mayor de ganar dinero.
– Espero que no esté intentando insultar a un oficial del gobierno alemán, herr Gunther -me censuró-. Por la forma en que habla, cualquiera podría pensar que está en contra del nacionalsocialismo. Una actitud muy poco saludable en los días que corren.
Negué con la cabeza.
– Me malinterpreta. El año pasado tuve un cliente, Hermann Six, el industrial. Fue de todo menos honesto conmigo. Usted no tiene nada que ver con él, imagino.
– Desafortunadamente, no -respondió-. Yo procedo de una familia muy humilde de Mannheim.
Miré a Begelmann y sentí pena por él. Debería haberme negado, pero acepté.
– Está bien, lo haré. Pero, caballeros, más vale que se comporten de manera legal. No soy el tipo de persona que perdona y olvida. Y jamás he puesto la otra mejilla.
No hubo de pasar mucho tiempo antes de que me arrepintiera de haberme involucrado en el plan «judío itinerante» de Six y Begelmann. Al día siguiente me encontraba a solas en mi oficina. Fuera llovía. Mi socio, Bruno Stahlecker, había salido a trabajar en un caso, o eso me había dicho, por lo que lo más probable era que estuviera contribuyendo al negocio de algún bar de Wedding. Llamaron a la puerta y entró un hombre ataviado con un abrigo de piel y un sombrero de ala ancha. Llámalo olfato, pero supe que era de la Ges tapo antes de que me mostrara la pequeña insignia.
