– Bien, lo pasamos muy bien con Katherine y Sam. Uno de los hijos de Kathy tiró el árbol de Navidad al suelo, o por lo menos, lo intentó, y en Nochebuena, el más pequeño se metió un cacahuete por la nariz y tuve que llevarlo a urgencias para que se lo sacaran.

– Suena casi perfecto. Uno de los hijos de Jeff se rompió el brazo en la escuela de esquí -dijo Anne, con aire de preocupación y de alivio por haber dejado a sus nietos con sus padres.

Le gustaban sus hijos y sus nietos, pero no tenía reparos en admitir que la agotaban, y Robert estaba de acuerdo. Él quería a sus hijos y nietos y le encantaba pasar tiempo con ellos, pero también disfrutaba de su tiempo solo con Anne. Durante todos aquellos años, su matrimonio había sido una historia de amor, tranquila pero sólida. Él la quería con locura.

– Hace que te preguntes cómo nuestros hijos lograron sobrevivir a la niñez -dijo Diana, dándole una copa de champán y sentándose a su lado, mientras Robert permanecía de pie, bebiendo champán y mirando con admiración a su mujer. Le había dicho lo guapa que estaba y la había besado antes de salir de casa.

– No sé por qué, pero creo que todo era más fácil cuando nuestros hijos eran pequeños -suspiró Anne con una sonrisa-. Puede que fuera porque yo estaba en el despacho en aquel entonces -añadió, sonriéndole a Robert. Pese a su familia y sus trabajos, siempre habían reservado tiempo el uno para el otro y para el amor-. Ahora todo parece más lleno de tensión o puede que, cuando hay niños alrededor, mis nervios ya no son lo que eran. Los quiero mucho, pero es tan agradable pasar una noche tranquila y civilizada, con adultos… -Miró a los Morrison con placer-. En Sugarbush, los decibelios dentro de la casa alcanzaban un nivel que estuvo a punto de volver loco a Robert.

En el coche, los dos habían reconocido que estaban encantados de volver a casa.



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