
Tenía un aspecto absoluta e increíblemente francés. La relación entre los dos siempre había estado hecha de fuego y pasión.
– Tenía esperanzas de que dijeras eso -replicó él, sonriendo a Diana, que servía su primer plato de ostras de Long Island.
Los seis compartían una afición particular por el marisco. Iban a tomar langosta como plato principal, seguida de ensalada y queso, como deferencia hacia Pascale, que no soportaba tomar la ensalada primero y siempre se sentía estafada si no había queso después del plato principal. Como postre, había Alaska flambeado, que era el favorito de Eric y que a los demás también les gustaba mucho. Era una comida de fiesta y una noche perfecta para los seis.
– ¡Dios mío, ¡qué bien se come en tu casa! -dijo John con admiración cuando Diana salió de la cocina con el postre llameante y todos los asistentes aplaudieron-. Pascale, ¿por qué no le pides a Diana algunas de sus recetas en lugar de todas esas tripas, vísceras, sesos, riñones y morcillas con que me alimentas?
– Aunque lo hiciera, no me dejarías gastar el dinero -dijo Pascale con franqueza-. Además, te encantan los sesos y los riñones -añadió con naturalidad.
– He mentido. Prefiero comer langosta -replicó él sonriendo ampliamente a su anfitriona, mientras Robert se reía entre dientes.
Las constantes peleas y pullas de los Donnally le divertían, aun después de veinticinco años oyéndolas. A todos ellos les parecían inofensivas. Sus matrimonios eran sólidos, sus parejas fiables y estables y sus relaciones sorprendentemente armoniosas en un mundo que, a la mayoría de personas, les ofrecía una escasa armonía. Todos eran conscientes de que habían sido bendecidos no solo en sus parejas, sino también en su vínculo de amistad mutua. Robert decía que eran los seis mosqueteros y, aunque sus intereses eran diversos y, a veces, diferentes, sin embargo siempre disfrutaban del tiempo que pasaban juntos.
