
– ¿Adónde propones que vayamos? -preguntó Robert con aire de interés.
Cuando podían escaparse de sus absorbentes vidas profesionales, Anne y él disfrutaban viajando a lugares exóticos. El verano anterior habían ido a Bali e Indonesia. Fue un viaje que recordarían toda la vida.
– ¿Que tal un safari en Kenia? -preguntó John esperanzado.
Pascale lo miró con repugnancia. Había ido con él a Botswana unos años antes, a una reserva de caza, y había odiado cada minuto. El único lugar donde siempre quería ir era París, para ver amigos y parientes, pero John no lo consideraba vacaciones. Le sacaba de quicio estar con la familia de Pascale y acompañarla a visitar a sus parientes, mientras ella hablaba incesantemente en francés y él no entendía nada de lo que estaban diciendo ni quería hacerlo. Adoraba a Pascale, pero parte de su familia le irritaba y la otra parte le aburría.
– Detesto África, los bichos y la suciedad. ¿Por qué no vamos todos a París? -preguntó Pascale con aire de felicidad. Adoraba París en la misma medida que John lo odiaba.
– ¡Qué idea tan estupenda! -dijo él, dando una calada al puro, que acababa de encender de nuevo-. Alojémonos todos en casa de tu madre. Estoy seguro de que le encantaría. Podríamos hacer cola todos juntos, durante un par de horas, esperando que tu abuela saliera del cuarto de baño.
Como la mayoría de pisos en París, el de la madre de Pascale solo tenía un baño y su abuela, de noventa y dos años, vivía con ella y con una tía de Pascale, ambas viudas. Era un ambiente que exasperaba a John y lo empujaba a beber un montón de bourbon siempre que estaban allí. La última vez incluso se había llevado su propia bebida, porque lo más exótico que había en el bar de su suegra era Dubonnet y vermut dulce, aunque siempre hubiera un excelente vino tinto con la cena. El padre de Pascale había sido un entendido en vinos y su madre había aprendido mucho de él. Era lo único que a John le gustaba de ella.
