Alfred conserva el mismo remolino en la coronilla y la misma contención seria de su juventud. También tiene la vieja nariz de mamá y el labio superior delgado de la familia de papá. No confía en nadie, incluyendo a la familia, y puede hablar durante horas sobre las perversidades de los medios de comunicación y del Gobierno. Alfred tiene preparado el informe de «El día del juicio final» cualquier día de la semana. Es el primero en llamar cuando una casa se incendia en la zona uno de Nueva York y es el primero en enviar correos electrónicos masivos cuando se anuncia la plaga de chinches de la Costa Este. También es un experto en las enfermedades más habituales en las familias de origen mediterráneo (las autoinmunes son su especialidad). Pasamos la última cena de Navidad escuchando su manual de instrucciones sobre la pre-diabetes, y la verdad es que consiguió que el pastelillo al ron bajara sin problemas.

– ¿Qué tal la abuela? -pregunta Alfred.

Entonces le echo un vistazo a nuestra abuela, la madre de mi madre, Teodora Angelini, a la que han encajado en la mesa de la «demencia» para que pudiera sentarse con sus primos y su última hermana viva, mi tía abuela Feen. Mientras sus iguales se dedican a sus platos, seleccionando las nueces que coronan la ensalada, ella se sienta recta, en una postura militar. Mi abuela es esa solitaria rosa roja en un jardín de zarzas grises.

Con su brillante pintalabios rojo, un traje veraniego de dos piezas, confeccionado en lino rojo, el cabello blanco cubierto por un sombrero y grandes gafas octogonales de carey negro con motas pardas, parece una amable dama del Upper East que no ha trabajado un solo día de su vida. Pero la verdad es que lo único que tiene en común con esa sociedad de matronas es el traje sastre. La abuela es una mujer trabajadora que posee su propio negocio. Hemos fabricado zapatos tradicionales de boda en Greenwich Village desde 1903.



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