– La abuela está estupenda -respondo a Alfred.

– Apenas puede andar -comenta él.

– Necesita prótesis en las rodillas -le digo.

– Necesita más que eso.

– Alfred, excepto por las rodillas, está en excelentes condiciones.

– Contigo todo es siempre de color de rosa -suspira Alfred-. Estás en la negación. La abuela tiene casi ochenta años y está en declive.

– Eso es ridículo. Yo vivo con ella. Me da cien vueltas.

– Eso no es difícil.

Y allá vamos, éste es el primer golpe. No quiero pelear en la boda de mi hermana, así que lo dejo estar, pero él no.

– La abuela no andará por ahí siempre. Debería jubilarse y disfrutar de los niños. Hay un bonito lugar para ancianos en las afueras.

– Ella ama la ciudad, se moriría en los suburbios.

– Soy la única persona en esta familia que puede enfrentarse a la verdad. Ella necesita jubilarse. Deseo comprarle un apartamento.

– Qué generoso.

– No estoy pensando en mí.

– Sería la primera vez, Alfred.

La ley de la jungla entre los hermanos empieza a causar efecto. El tono de Alfred, su mirada, y el hecho de que hemos dejado de bailar envía una alarma silenciosa a mis hermanas. Tess, que presiente una riña, ha llegado al borde de la pista de baile e intercambia una mirada conmigo, me dispara un vistazo que significa «¿me necesitas?».

– Gracias por el baile. -Me giro para darle la espalda a Alfred y me encamino a la mesa de los «amigos», ahora vacía porque todos los mayores de sesenta han salido en estampida a la pista de baile gracias a la intemporal versión de "After Lovin".

Me abro camino en medio del gentío y paso junto a mis padres. «Es nuestra canción», grazna mi madre mientras levanta el brazo de mi padre como haría con una cinta en las fiestas del primero de mayo.



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