Ambos tiran uno del otro hasta que mamá planta su mejilla en la de papá. Parecen dos siameses unidos por la línea del colorete. Engelbert Humperdinck solía ser el cantante favorito de mi madre hasta que Andrea Bocelli le provocó la primera catarsis emocional de su vida. Escucha a Bocelli en el automóvil, mientras conduce por Queens y llora. A través de sus lágrimas dice: «No necesito terapia porque Andrea hace fluir mis penas».

Me siento a la mesa vacía de los «amigos», levanto el tenedor y ataco mi ensalada. He perdido el apetito; dejo el tenedor e inspecciono la abarrotada pista de baile que, cuando entrecierro los ojos, parece una obra puntillista de lentejuelas, cuentas de azabache y cristales de Swarovski sobre un lienzo de lame.

– ¿Qué te ha dicho Alfred? -pregunta Tess, mientras se desliza en la silla vecina. Tess, mi hermana mayor por un año y medio, es una castaña pechugona y sin caderas. El traje de dama de honor le confiere la forma de una copa de champagne. A pesar de su físico explosivo, es la más sesuda de las tres hermanas, quizá porque ayudaba a Alfred con las tarjetas mnemotécnicas cuando ella tenía cuatro años de edad. El rostro de Tess tiene forma de corazón, como el de mamá, y posee la segunda mejor nariz de la familia. Su cabello negro ondulado hace juego con sus pestañas, tan tupidas que nunca ha tenido que usar rímel.

– Sugirió que yo era una perdedora. -Tiro hacia arriba del escote de mi vestido, con fuerza, como si tirara de una bolsa de basura Hefty repleta para sacarla del cubo.

– A mí me dijo que era una mala madre, porque no pongo límites a Charisma y a Chiara.

Echo un vistazo a la mesa veneciana donde Charisma, de siete años, hace un hoyo con el dedo en un cannoli y se lo pasa a Chiara, de cinco, que sopla y expulsa el relleno. Tess pone los ojos en blanco.

– Es una fiesta, dejemos que se diviertan un poco -dice Tess.

– Alfred quiere que la abuela se jubile.



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