
Me siento a la mesa vacía de los «amigos», levanto el tenedor y ataco mi ensalada. He perdido el apetito; dejo el tenedor e inspecciono la abarrotada pista de baile que, cuando entrecierro los ojos, parece una obra puntillista de lentejuelas, cuentas de azabache y cristales de Swarovski sobre un lienzo de lame.
– ¿Qué te ha dicho Alfred? -pregunta Tess, mientras se desliza en la silla vecina. Tess, mi hermana mayor por un año y medio, es una castaña pechugona y sin caderas. El traje de dama de honor le confiere la forma de una copa de champagne. A pesar de su físico explosivo, es la más sesuda de las tres hermanas, quizá porque ayudaba a Alfred con las tarjetas mnemotécnicas cuando ella tenía cuatro años de edad. El rostro de Tess tiene forma de corazón, como el de mamá, y posee la segunda mejor nariz de la familia. Su cabello negro ondulado hace juego con sus pestañas, tan tupidas que nunca ha tenido que usar rímel.
– Sugirió que yo era una perdedora. -Tiro hacia arriba del escote de mi vestido, con fuerza, como si tirara de una bolsa de basura Hefty repleta para sacarla del cubo.
– A mí me dijo que era una mala madre, porque no pongo límites a Charisma y a Chiara.
Echo un vistazo a la mesa veneciana donde Charisma, de siete años, hace un hoyo con el dedo en un cannoli y se lo pasa a Chiara, de cinco, que sopla y expulsa el relleno. Tess pone los ojos en blanco.
– Es una fiesta, dejemos que se diviertan un poco -dice Tess.
– Alfred quiere que la abuela se jubile.
