Mi maquillaje profesional, elaborado (a mitad de precio) por Nancy DeNoia, la cuñada de la mejor amiga de la novia, está soportando la presión. Me maquilló hacia las ocho de la mañana, y en este momento, a la hora de cenar, aún parece recién hecho. «Es el polvo. Banane, de LeClerc», dijo Tess, mi hermana mayor. Y ella debe de saberlo: conservó la piel mate durante dos partos. Tenemos fotografías que lo prueban.

Esta mañana, mis hermanas, nuestra madre y yo nos sentamos en sillas plegables frente al espejo «edad de oro de Hollywood» de mamá, en el dormitorio estilo Tudor de su casa de Forest Hills, y parecíamos unas hermosas señoritas (o casi) dispuestas en fila.

– Mirad -dijo mi madre, irguiéndose como una tortuga-, parecemos hermanas.

– Somos hermanas -le recordé mientras observaba a mis hermanas en el espejo. Mi madre pareció herida-. Y tú… tú eres nuestra madre adolescente.

– No vayamos tan lejos.

Con sesenta años de edad, mi madre, llamada Michelina por su padre Michael (todos la conocen como Mike), mostraba cierto aire de satisfacción ante el espejo, con su rostro en forma de corazón, los grandes ojos castaños y los carnosos labios barnizados del color de un tiesto de terracota. Mi madre es la única mujer que conozco que llega completamente maquillada al maquillador.

Las hermanas Roncalli -no cuento a nuestro único hermano, Alfred (alias La Píldora ), mayor que nosotras, ni a papá (apodado Dutch)- formamos un club abierto toda la noche, sólo para mujeres. Somos nuestras mejores amigas y lo compartimos todo, con dos excepciones: nunca discutimos sobre nuestra vida sexual ni sobre nuestras cuentas bancadas. Estamos unidas por la tradición, los secretos y la plancha de vapor de nuestra madre.

El vínculo se estrechó cuando éramos pequeñas.



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