
Nancy DeFastidio, que es como nos referíamos a ella en secreto, reculó e inspeccionó mi rostro como si fuera un arquitecto.
– La nariz ha desaparecido, ahora puedo empezar el salvamento.
Cerré los ojos y fingí que pensaba en algo para que Nancy lo notara y detuviera su juego sin sentido acerca de mis malditos rasgos. Tomó una pequeña brocha, la sumergió en agua helada y la agitó dentro de un recipiente cuadrado que contenía tinte color castaño. Sentí un hormigueo en mis cejas mientras pintaba mis diminutos vellos. Crecí con Madonna, y cuando ella arrancaba, yo arrancaba. Ahora lo estoy pagando.
Sentía mi rostro frío y embadurnado hasta que Nancy zambulló un cepillo Kabuki en el polvo de maquillaje y blanqueó mi piel con pequeños círculos, como si fuera la última fase del encerado en el lavado de coches de Andretti. Cuando terminó, yo parecía un cachorro recién nacido, ojos enormes y húmedos y nada de nariz.
Estoy en el lavabo de mujeres y hago una de las muchas pausas para retocar el pintalabios, porque en las bodas suelo comer de verdad. Después de semanas de régimen para entrar en el vestido, imagino que me merezco una ronda depink ladies -con su ginebra, su zumo de limón y su clara de huevo-, todos los entremeses que sea capaz de tragar y suficientes cannoli para dejar un oscuro cráter en la bandeja giratoria, en el centro de la mesa veneciana. No me preocupo, quemaré toda esta comida bailando la versión larga de Electric Slide. Pesco el pintalabios del bolso. No hay nada peor que unos labios desnudos en cuyo borde parece que una ventosa ha dejado una huella de lápiz perfilador color ciruela. Relleno entre las líneas, donde el color ha desaparecido.
Mis hermanas y yo tenemos un juego desde la niñez; cuando no nos vestíamos de novias, jugábamos a «planificar nuestros funerales».
