No es que mis padres fueran morbosos o que nos hubiera pasado algo particularmente terrible, es que somos italianos y, por lo tanto, donde las dan, las toman, es la ley del universo Roncalli: a cada cosa feliz le corresponde una triste. Las bodas son para gente joven y los funerales son las bodas de la gente vieja. Y he aprendido que tanto lo uno como lo otro requieren una planificación a largo plazo.

Hay dos reglas inquebrantables en nuestra familia. Una es asistir a todos los funerales de todas las personas con las que alguna vez hayamos tenido contacto. Esto incluye a gente con la que estamos relacionados (parientes de sangre, familia política y primos de la familia política), pero también se extiende más allá de los amigos cercanos hasta abarcar profesores, peluqueros y médicos. Cualquier profesional que haya dado una opinión o un diagnóstico de carácter personal da la talla. Hay una categoría especial para quienes hacen entregas a domicilio, en la que se incluye al tío Larry, nuestro mensajero de UPS, quien se fue de repente una mañana de sábado, en 1983. Mamá nos sacó de la escuela al lunes siguiente y nos llevó al funeral en Manhasset.

– Es por respeto -nos dijo en aquel momento, pero nosotros sabíamos la verdadera razón: a ella le encantaba vestirse con elegancia.

La segunda regla de la familia Roncalli es asistir a todas las bodas y bailar con cualquiera que te lo pida, incluyendo al repulsivo primo Paulie, a quien echaron de la escuela de baile Arthur Murray por meterle mano a la profesora (el caso se resolvió fuera de los juzgados).

Hay una tercera regla: no admitir nunca la cirugía de nariz de mamá de 1966. No importa que su remodelada nariz sea una copia exacta de la de Annette Funicello, y que nosotras, sus hijas biológicas, tengamos el perfil de Marty Feldman. «Nadie lo adivinaría… a menos que vosotras lo digáis -nos advirtió mi madre-. Y si cualquiera os pregunta, simplemente decid que el gen nasal de vuestro padre fue el dominante».



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