– ¡Aquí estás! -Mi madre irrumpe en el lavabo como una mandarina constreñida por ataduras, toda chiffon y plumas, como si alguien hubiera echado su conjunto en una licuadora y apretado el botón de «triturar»-. ¿No son maravillosos estos espejos? -mi madre se aleja del espejo, mira sobre su hombro para revisar la parte trasera de su vestido y dice, satisfecha-: Soy una sílfide. No dejes que nadie te diga lo contrario, Jenny Craig funciona. ¿Qué tal tu mesa?

– La peor.

– Vamos, estás en la mesa de los «amigos». Se supone -odio cuando hace esto, pero de todos modos lo hace: cierra las manos en puño y las agita como si batiera huevos- que debes animar la cosa.

– Mamá, por favor.

– Esa actitud tóxica te refrena. Sale de ti como un vertido de petróleo en alta mar.

Mi madre me observa mientras se aplica el pintalabios sin mirarse en el espejo, y luego cierra el cilindro de plata con un chasquido.

– Debiste traer un acompañante si no querías que todas las parejas que conocemos te ofrecieran a sus hijos solteros como pinchos de albóndiga.

– Los Delboccio me quieren emparejar con Frank. -Me apoyo en la pared y cruzo los brazos, porque Dios sabe que no puedo sentarme con este vestido. El Spanx podría reventarme el bazo.

– ¡Qué estupendas noticias! ¿Lo ves?, el destino hizo que te sentaras en la mesa de los «amigos».

– Mami, Frank es gay.

– Oh, vosotras las chicas usáis la carta del gay a la menor oportunidad. ¿Qué importa que el hombre tenga cuarenta y tres, nunca se haya casado y cada primavera lleve de excursión a las islas a todo el club de mahjong de su madre? Eso no significa automáticamente que sea gay. Quizás sólo es un he-tero que huele bien, que sabe cómo vestir y que habla con los viejos como si importaran. Hazme un favor. Sal con Frank. ¡Ve a bailar! ¡A restaurantes! ¡Te vestirás elegante, saldrás por la ciudad y te divertirás con un tío atractivo que sabe cómo tratar a una mujer! «Marchoso de corazón», ése es el verdadero significado de la palabra gay.



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