Amontoné los cacharros en el fregadero y los miré con el ceño fruncido: de mañana no pasa. Saqué la basura: soy desordenada pero no una cerda. Tenía periódicos acumulados desde hacía días y tardé un rato en llevarlos hasta el vestíbulo. El hijo del portero se sacaba un sobresueldo con el reciclaje de papel.

Me puse tejanos y un top amarillo y me miré al espejo con satisfacción. En verano me veo más guapa. Heredé de mi madre el color aceituna de la piel y el bronceado me sienta muy bien. Se me escapó una sonrisa. La recuerdo cuando decía: «Sí, Vic, eres guapa, pero ser guapa no lo es todo en esta vida. Cualquier chica puede ser guapa, pero para cuidar de ti misma tienes que ser inteligente. Debes tener una profesión. Tienes que trabajar». Quería que fuera cantante y tuvo paciencia para enseñarme. Seguro que no le habría gustado que fuera detective. Y a mi padre tampoco. Era policía; un polaco en un mundo de irlandeses. Nunca pasó de sargento. En parte, debido a su falta de ambición, pero también debido a sus antepasados. Estoy convencida. Tenía grandes esperanzas puestas en mí. Se me congeló la sonrisa y me di la vuelta con brusquedad.

Antes de dirigirme hacia el sur de la ciudad, fui al banco a ingresar los 500 dólares. Primero lo primero. El cajero los cogió sin pestañear; no podía esperar que a todo el mundo le impresionaran como a mí.

A las diez y media entré por Belmont en la avenida Lake Shore con mi Chevy Monza. El sol deslumbrante se reflejaba en los remolinos del lago con un brillo cobrizo. Las amas de casa, los niños y los detectives son las únicas personas que están en la calle a esta hora del día. En tan sólo veintitrés minutos me planté en Hyde Park y aparqué en Midway.

Hacía diez años que no venía al campus, pero vi que no había cambiado tanto; por lo menos no tanto como yo. Leí en alguna parte que los estudiantes estaban sustituyendo el aspecto desaliñado por un estilo más cuidado tipo el de los años cincuenta.



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