
Dejé atrás la luz cegadora y entré en un vestíbulo de piedra mucho más fresco para llamar a secretaría. «Estoy buscando a una estudiante: la señorita Anita Hill.» Una voz estridente de vieja me dijo que esperara. Oí un crujido de papeles. «¿Puede deletreármelo?» Por supuesto. Más frufrú de papeles. La voz estridente me dijo que no les constaba ninguna estudiante con ese nombre. ¿Quería decir que no se había matriculado en el trimestre de verano? Quería decir que no tenían ninguna estudiante con ese nombre. Pregunté por Peter Thayer y me sorprendió que me diera la dirección de la calle Harper. Si Anita no existía, ¿por qué tendría que existir el chico?
«Disculpe las molestias, pero soy su tía. ¿Podría decirme qué clases tiene hoy? No está en casa y sólo estoy de paso por Hyde Park.» Supongo que le pareció que era de fiar porque la Sra. Estridente me dijo que Peter no se había matriculado aquel trimestre pero que tal vez la facultad de Ciencias Políticas podría ayudarme a encontrarlo. Le agradecí enormemente su ayuda y colgué.
Miré el teléfono con cara de duda y reflexioné sobre el siguiente paso. Si no existía Anita Hill, ¿cómo iba a encontrarla? Y si no existía una tal Anita Hill, ¿por qué me habían contratado para buscarla? ¿Y por qué me habían dicho que los dos estudiaban en la universidad si la chica no estudiaba allí? Quizás se confundió al decirme que estudiaba en la universidad de Chicago; tal vez estudiaba en Roosevelt y vivía en Hyde Park. Decidí probar en el piso.
