Fui a buscar el coche. El aire era irrespirable y el volante estaba ardiendo. Entre los papeles del asiento de atrás encontré una toalla que me había llevado a la playa semanas atrás. La desenterré y la puse encima del volante. Me perdí un poco en las calles de sentido único porque llevaba años sin pasar por aquel barrio pero al final llegué a Harper. El número 5462 era un edificio de tres pisos cuya fachada había sido amarilla en otra época. La entrada olía como las paradas del metro: una extraña mezcla de moho y pipí. En una esquina había una bolsa arrugada de Harold's Chicken Shack y unos cuantos huesos de pollo esparcidos por el suelo. La puerta que daba a las escaleras no cerraba bien. Imaginé que nadie se había molestado en repararla desde hacía meses. La mayor parte de la pintura había saltado. Arrugué la nariz. Comprendía perfectamente que a los Thayer no les gustara el sitio en el que vivía su hijo.

Los nombres del interfono estaban escritos a mano en tarjetitas enganchadas a la pared con cinta adhesiva. Thayer, Berne, Steiner, McGraw y Harata vivían en el tercer piso. Supuse que se trataba de la comuna asquerosa que disgustaba tanto a mi cliente. Pero no había ninguna Hill. O se equivocó con el apellido de Anita, o la chica usaba un nombre falso. Llamé al interfono y esperé. No contestaron. Probé otra vez. Tampoco.

Eran las doce y decidí hacer una pausa. El Wimpy que recordaba al lado del centro comercial ya no existía y en su lugar había un restaurante medio griego. Tomé una ensalada de carne deliciosa y un vaso de Chablis y volví al piso. Seguramente los chicos tenían algún trabajito de verano y no volverían hasta las cinco, pero aquella tarde yo no tenía nada previsto aparte de buscar al impresor que se escaqueaba de pagar.

Mientras llamaba otra vez, salió un chico joven con unas pintas…

– ¿Sabe si hay alguien en el piso de Thayer y Berne? -le pregunté.



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