Me miró con los ojos vidriosos y masculló que no había visto a ningún vecino del tercero durante varios días. Le enseñé la foto de Anita y le dije que estaba buscando a mi sobrina.

– Debería estar en casa pero no sé si tengo la dirección correcta -añadí.

Me miró con cara de aburrimiento.

– Creo que vive aquí, pero no sé cómo se llama.

– Anita -dije, pero ya se había ido arrastrando los pies.

Me apoyé en la pared para pensar un poco. Podía esperar hasta que llegara alguien. Pero, seguramente, si entraba ahora, descubriría muchas más cosas que haciendo preguntas.

Abrí la puerta que no cerraba bien y subí de rondón hasta el tercer piso. Golpeé en la puerta de Thayer y compañía. No contestó nadie. Pegué la oreja a la puerta y oí el leve zumbido de un aparato de aire acondicionado. Saqué un manojo de llaves de mi bolsillo y, después de varios intentos frustrados, encontré una llave que cedió.

Entré y cerré la puerta sin hacer ruido. Un pequeño vestíbulo daba directamente a un salón con escasos muebles. Había unos cojines de ropa tejana por el suelo y un equipo de música. Me acerqué y vi que la platina era Kenwood y los altavoces JBL. Allí vivía alguien con dinero. El hijo de mi cliente, sin la menor duda.

El salón daba a un pasillo con habitaciones a ambos lados, parecido a un coche-cama de un tren. A medida que avanzaba por el pasillo, notaba un olor fétido, como de comida pasada o de ratón muerto. Eché un vistazo a todas las habitaciones pero no vi nada. Al final del pasillo estaba la cocina. El olor se volvió más intenso pero tardé un poco en darme cuenta de donde venía. Un chico estaba desplomado en la mesa de la cocina. Aunque el aire acondicionado estaba en marcha, el cuerpo empezaba a descomponerse.

El olor era fuerte, dulzón y nauseabundo. La ensalada de carne y el Chablis se me revolvieron en el estómago, pero retuve las nauseas e incorporé al chico en la silla. Tenía un agujero de bala en la frente. Un hilillo de sangre seca le recorría la cara, pero no tenía marcas de golpes. El cráneo tenía un aspecto mucho más desagradable.



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