Volví a dejarlo como estaba. Algo me decía, supongo que mi intuición femenina, que estaba ante los despojos de Peter Thayer. Tenía que llamar a la policía pero seguramente no tendría otra oportunidad de entrar en el piso. El chico llevaba muerto unos días: la policía podía esperar unos minutos más.

Me lavé las manos en la cocina y fui a investigar en las habitaciones. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí el cadáver ni por qué ninguno de los compañeros de piso había llamado a la policía. Hallé la respuesta a la segunda pregunta al ver una lista al lado del teléfono con las direcciones de veraneo de Berne, Steiner y Harata. Un par de habitaciones con libros y papeles pero sin ropa tenía que pertenecer a estos tres.

La tercera habitación era del chico muerto y de una chica llamada Anita McGraw. Su nombre estaba escrito con letras grandes y alargadas en las guardas de varios libros. En la destartalada mesa de madera había una foto del muerto y de una chica junto al lago. La chica tenía el pelo ondulado y rojizo y desprendía tal vitalidad e intensidad que parecía que de un momento a otro saldría de la foto. Era una foto mucho más bonita que la que me había dado mi cliente la noche anterior. Un chico sería capaz de dejar muchas más cosas que los estudios de empresariales por una chica así. Quería conocer a Anita McGraw.

Hurgué entre los papeles pero no había nada personal: panfletos que instaban a boicotear pactos sin la negociación de los sindicatos, literatura marxista y un montón de apuntes y libretas previsibles en un piso de estudiantes. En un cajón encontré unos cheques de la compañía de seguros Ajax a nombre de Peter Thayer. Era evidente que el chico tenía un trabajo aquel verano. Los tuve un momento en la mano y al final me los metí en el bolsillo trasero de los tejanos. Seguí revolviendo papeles y encontré una tarjeta del censo con una dirección de Winnetka. También la guardé. Nunca sabes qué te podrá servir. Cogí la foto y me fui.



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