
Al salir a la calle respiré profundamente. Nunca imaginé que aquel aire irrespirable pudiera oler tan bien. Entré en el centro comercial y llamé al distrito 21 de policía. Mi padre había muerto hacía diez años, pero todavía me sabía el número de memoria.
– Departamento de homicidios, le habla Drucker -gruñó una voz.
– Hay un cadáver en el 5462 de South Harper, en el tercer piso -dije.
– ¿Quién es usted? -dijo bruscamente.
– 5462 de South Harper. Tercer piso -repetí-. ¿Entendido? -y colgué.
Volví al coche y me fui. Los policías me echarían la bronca por no haberme quedado en el escenario del crimen pero tenía que arreglar algunas cosas. Llegué a casa en 21 minutos y me duché para intentar borrar de mi mente la imagen de la cara de Peter Thayer. Me puse pantalones blancos y una camisa negra de seda: ropa limpia y elegante para adentrarme en el mundo de los vivos. Cogí los papeles y la foto que había robado y los metí en un bolso grande. Fui a mi despacho, deposité el botín en la caja fuerte y llamé al contestador automático. No tenía ningún mensaje, así que llamé al número que Thayer me había dado. Sonó tres veces y luego saltó la voz de una mujer que decía: «El número al que llama -6749133- no está asignado a ningún usuario. Compruebe que el número sea correcto y vuelva a intentarlo». Aquella voz monótona destrozó mi última esperanza de que mi cliente fuera John Thayer. ¿Quién era entonces? ¿Por qué quiso que encontrara el cadáver? ¿Y por qué había involucrado a la chica y le había dado un nombre falso?
Con un cliente y un cadáver no identificados, dudaba de cuál era mi trabajo: cabeza de turco para encontrar un cadáver, por supuesto. Aun así, nadie había visto a McGraw desde hacía días. A lo mejor mi cliente sólo quería que encontrara el cadáver, pero la chica me despertaba mucha curiosidad.
