Había llamado a mi contestador desde una gasolinera del norte de la ciudad; pura rutina de camino a casa antes de ducharme, poner el aire acondicionado y cenar tarde. Me sorprendí cuando me dijeron que habían llamado y me preocupé cuando me dijeron que no habían querido dejar un nombre. Los clientes anónimos son un coñazo. Casi siempre esconden algo, a menudo delictivo, y no se identifican para que no puedas saber antes de tiempo qué esconden.

El tipo se presentaría a las nueve y cuarto, así que no tendría tiempo de cenar. Había perdido la tarde bajo un calor sofocante intentando encontrar la pista de un impresor que me debía 1.500 dólares. La primavera pasada impedí que una cadena hiciera competencia desleal a su empresa, y ahora me arrepentía de haberlo ayudado. Si mi cuenta bancaria no estuviera tan anémica, habría ignorado la llamada. Tal como estaban las cosas, me armé de valor y abrí la puerta.

Con la luz encendida mi despacho tenía un aire espartano pero no desagradable; me animé un poco. Así como mi piso siempre está hecho un desastre, mi despacho suele estar ordenado. Había comprado la mesa grande de madera en una subasta de la policía. La pequeña Olivetti portátil había pertenecido a mi madre, al igual que la reproducción de los Uffizi que colgaba encima del archivador verde. Intentaba causar buena impresión a los clientes. Dos sillas un tanto incómodas completaban mi conjunto de muebles. No pasaba mucho tiempo aquí y no necesitaba más comodidades.

Hacía días que no había venido y tenía un montón de facturas y cartas acumuladas. Una empresa de ordenadores quería hacerme una demostración de lo que eran capaces de hacer los ordenadores para ayudarme en mi negocio. No sé si un IBM portátil sería capaz de encontrar clientes que pagaran.

El ambiente estaba cargado. Repasé las facturas para saber cuáles eran urgentes. La póliza del coche… mejor pagarla. Tiré el resto a la basura; la mayoría eran primeros avisos de facturas y algunas, segundos avisos.



2 из 228