Normalmente sólo pago las facturas la tercera vez que llegan. Si realmente quieren cobrar, no se olvidan de ti. Metí la póliza en el bolso, fui hacia la ventana y puse el aire acondicionado al máximo. La habitación se quedó a oscuras. Había fundido los plomos del frágil sistema eléctrico de Pulteney. ¡Estúpida! No se puede poner el aire acondicionado al máximo en un edificio así. Maldije a los encargados del edificio y a mí misma y me pregunté si el cuarto de los fusibles estaría abierto por la noche. Con el tiempo que llevaba en el edificio había aprendido a arreglar la mayoría de las cosas que podían estropearse, incluido el váter del séptimo piso, que se atascaba, como mínimo, una vez al mes.

Volví a recorrer el pasillo y bajé por las escaleras hasta el sótano. Una bombilla pelada iluminaba el final de las escaleras. La puerta del cuarto de los suministros tenía un candado. Ton Czarnik, el irascible portero del edificio, no se fiaba de nadie. Sé abrir algunos candados pero ahora no tenía tiempo para uno americano. Un día de estos. Conté hasta diez en italiano y volví a subir las escaleras con menos entusiasmo que antes.

Oí unos pasos a lo lejos y supuse que era mi visita anónima. Cuando llegué arriba, abrí la puerta sigilosamente y lo observé en la tenue luz. Estaba llamando a mi despacho. No podía verlo muy bien pero me pareció que era un hombre bajo y robusto. Tenía aspecto agresivo y cuando vio que nadie contestaba, abrió la puerta sin dudarlo un instante y entró. Recorrí el pasillo y entré tras él.

El neón de metro y medio del Arnie's Steak Joynt despedía destellos rojos y amarillos en la calle y entraban ráfagas de luz en mi despacho. Al abrir la puerta, vi como mi visita se daba la vuelta.

– Estoy buscando a V. I. Warshawski -dijo con voz ronca y segura, la voz de un hombre acostumbrado a salirse con la suya.

– Sí -dije, y fui hacia la mesa para sentarme.

– Sí, ¿qué? -preguntó.



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