
– Sí, soy yo, V. I. Warshawski. Llamó a mi contestador para concertar una cita, ¿verdad?
– Sí, pero no sabía que esto supondría subir cuatro pisos para llegar a un despacho oscuro. ¿Por qué coño no funciona el ascensor?
– Los inquilinos de este edificio son unos fanáticos de la vida sana. Decidimos suprimir el ascensor. Todo el mundo sabe que subir escaleras previene los infartos.
En un destello del Arnie vi que hacía una mueca.
– No he venido aquí para escuchar tonterías -dijo exagerando su voz ronca-. Cuando pregunto algo espero una respuesta.
– En ese caso, haga preguntas razonables. ¿Y puede decirme por qué necesita a un detective privado?
– No lo sé. Necesito ayuda, pero este lugar… ¿Por qué está tan oscuro?
– Porque no hay luz -el genio me dominaba-. Si no le gusta mi aspecto, váyase. A mí tampoco me gusta la gente que no deja su nombre.
– Está bien, está bien -dijo para apaciguar los ánimos-. Cálmese. Pero ¿tenemos que sentarnos aquí, a oscuras?
Solté una carcajada.
– Se fundieron los plomos unos minutos antes de que usted llegara. Podemos ir al Arnie's Steak Joynt si quiere luz.
No me habría importado echarle un buen vistazo.
Negó con la cabeza.
– Da igual, quedémonos aquí.
Se movía nervioso hasta que decidió sentarse en una silla.
– ¿Tiene nombre? -pregunté para llenar el silencio mientras él pensaba.
– Ah, sí, disculpe -dijo mientras revolvía en su cartera.
Sacó una tarjeta y me la dio. Me la puse a la altura de los ojos para mirarla aprovechando algún destello del Arnie. «John L. Thayer. Vicepresidente ejecutivo, Banco Fiduciario Dearborn.» Apreté los labios. No acostumbraba a pasearme por la calle La Salle pero John Thayer era un nombre importante en el banco más grande de Chicago. Dinero calentito, pensé. Cúrrate a este pez gordo, Vic, me dije dándome ánimos. Tienes el alquiler en las narices.
