
Me puse la tarjeta en el bolsillo de los tejanos.
– Entonces, Sr. Thayer, ¿cuál es el problema?
– Se trata de mi hijo. En realidad se trata de su novia. Al fin y al cabo es ella la que…
Y se calló. Muchas personas, sobre todo los hombres, no están acostumbradas a compartir los problemas y les cuesta un poco soltarse.
– Verá, sin ánimo de ofender, pero creo que no debería hablar de esto con usted. A menos que tenga un socio o algo así.
No dije nada.
– ¿Tiene algún socio? -insistió.
– No, Sr. Thayer -dije con voz suave-. No tengo ningún socio.
– No creo que sea un trabajo para una chica sola.
Noté como el pulso me vibraba en la sien.
– Me he saltado la cena después de un día muy caluroso para encontrarme con usted.
Mi voz se volvió ronca de ira. Me aclaré la garganta e intenté tranquilizarme.
– No se ha identificado hasta que he insistido. Ha escogido mi despacho y a mí y no puede preguntar nada de forma directa. ¿Intenta descubrir si soy honrada, rica, dura o qué? Si quiere referencias, búsquelas. Pero no me haga perder el tiempo de esta forma. No tengo que convencerlo para que me contrate, ya que fue usted quien insistió en que nos viéramos tan tarde.
– No cuestiono su honradez -se apresuró a decir-. Ni intento ponerla de mala leche. Pero es una chica, y el asunto podría ponerse feo.
– Soy una mujer, Sr. Thayer, y sé cuidar de mí misma. Si no supiera, no estaría en este negocio. Si el asunto se pone feo, ya me las arreglaré, o lo intentaré. Pero éste es mi problema, no el suyo. Bien, ¿quiere hablarme de su hijo o puedo irme a casa a poner el aire acondicionado?
Mientras meditaba la respuesta aproveché para respirar hondo en un intento de calmarme y liberar la tensión acumulada en la garganta.
– No sé -dijo finalmente-. Lo siento, pero me estoy quedando sin alternativa.
Me miró pero no pude ver su cara.
– Todo lo que le diga tiene que ser estrictamente confidencial.
