– De acuerdo, Sr. Thayer -dije suspirando-. Sólo usted, yo y Arnie.

Se aguantó la respiración pero recordó que estaba intentando ser conciliador.

– Se trata de Anita, la novia de mi hijo. Eso no quiere decir que Pete, mi hijo, no me traiga de cabeza también.

Droga, pensé con aire taciturno. Todos estos tipos de los barrios altos sólo piensan en droga. Cuando se trata de un embarazo, lo pagan y ya está. Aunque yo no podía andarme con remilgos, así que resoplé para darme ánimos.

– Anita no es una chica muy conveniente, que digamos, y desde que anda con Pete, él ha empezado a tener unas ideas muy peculiares.

La voz ronca daba un aire excesivamente formal a sus frases.

– Me temo que sólo descubro cosas, Sr. Thayer. No puedo hacer mucho acerca de las ideas de un chico.

– No, no. Ya lo sé. Pero es que han estado viviendo juntos en una especie de comuna asquerosa… ¿Le he dicho que estudian en la Universidad de Chicago? De todas formas, Pete empezaba a decir que quería formar un sindicato en vez de estudiar empresariales, así que fui a hablar con la chica. Para que entrara en razón, sabe, y…

– ¿Cuáles el apellido de la chica, Sr. Thayer?

– Hill. Anita Hill. Bueno, como le he dicho, fui a hablar con ella para que entrara en razón y luego desapareció.

– Parece que su problema ya se ha solucionado.

– Ojalá fuera así. Pero Pete dice que la compré para que desapareciera. Y me amenaza con cambiarse el apellido y desaparecer del mapa si ella no aparece.

Ya lo he oído todo, pensé. Me pagan por encontrar a una persona y así conseguir que su novio estudie empresariales.

– ¿Fue el responsable de su desaparición, Sr. Thayer?

– ¿Yo? Si lo fuera, podría hacer que volviera.

– No necesariamente. Ella podría haberle sacado 50 de los grandes y haberse largado. O usted podría haberle pagado para que desapareciera para siempre. Podría haberla matado o haber contratado a alguien para que la matara y colgarle el muerto a otro. Un tipo como usted tiene muchos recursos.



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