
Creo que eso le hizo un poco de gracia.
– Sí, supongo que todo esto podría ser cierto. De todas formas, quiero que la encuentre; que encuentre a Anita.
– Sr. Thayer, no me gusta rechazar un trabajo pero ¿por qué no va a la policía? Ellos están mejor equipados que yo para este tipo de cosas.
– La policía y yo -dijo, y luego se detuvo-. No me apetece contar mis problemas personales a la policía -dijo con firmeza.
Ahí estaba la clave… Pero ¿qué había empezado a decir?
– ¿Y por qué le preocupa tanto que se complique el asunto? -me pregunté en voz alta.
Se revolvió un poco en la silla.
– Algunos de estos estudiantes pueden ser un poco salvajes -masculló.
Levanté las cejas con escepticismo, pero en la oscuridad él no lo vio.
– ¿Por cierto, cómo encontró mi nombre? -pregunté como si se tratara de una encuesta de un producto: «¿Nos conoció a través de Rolling Stone o a través de un amigo?».
– En las Páginas Amarillas. Quería a alguien en la zona del Loop pero que no conociera a mis socios.
– Sr. Thayer, cobro 125 al día, más gastos. Y necesito un depósito de 500 dólares. Hago informes sobre mis progresos, pero los clientes no me dicen cómo debo trabajar de la misma manera que ni las viudas ni los huérfanos no le dicen a usted cómo dirigir el banco.
– ¿Entonces, acepta mi caso? -preguntó.
– Sí -dije escuetamente-. A menos que la chica esté muerta, no debería ser demasiado complicado encontrarla. Necesito la dirección de su hijo en la universidad -añadí-. Y una foto de la chica, si es que tiene alguna.
Vaciló un momento, hizo semblante de decir algo, y me dio la dirección: 5462 South Harper. Ojalá fuera el sitio que buscaba. También me dio una foto de Anita Hill. Con la luz intermitente no podía estar muy segura pero parecía una foto del anuario escolar. Mi cliente me pidió que lo llamara a casa para informarle, en vez de a la oficina. Anoté el número de su casa en la tarjeta y me la metí en el bolsillo otra vez.
