– ¿Cuándo cree que sabrá algo? -preguntó.

– No puedo decirle nada hasta que no haya empezado, Sr. Thayer. Pero empezaré con su caso mañana por la mañana.

– ¿Por qué no empieza esta noche? -inquirió.

– Porque tengo que hacer otras cosas -contesté escuetamente.

Como cenar y tomar una copa.

Insistió un poco, no porque pensara que yo cambiaría de opinión, sino porque estaba acostumbrado a salirse con la suya. Al final desistió y me dio 500 dólares en billetes.

Me los miré de reojo bajo la luz del Arnie.

– Acepto cheques, Sr. Thayer.

– Prefiero que los del banco no sepan que he acudido a un detective privado. Y mi secretaria lleva las cuentas de mi talonario.

No me extrañé demasiado. Hay muchos ejecutivos que encargan esta tarea a sus secretarias. Yo pensaba que sólo Dios, Hacienda y mi banco debían tener acceso a mis operaciones financieras.

Se levantó para irse y salí con él. Cuando yo había cerrado la puerta, él ya estaba bajando las escaleras. Quería verle mejor y corrí tras él. No quería tener que ver a todos los hombres de Chicago bajo una luz de neón para reconocer a mi cliente. La luz de la escalera no era muy buena pero vi que tenía la cara cuadrada y las facciones muy marcadas. Seguramente irlandés, pensé; no tenía el aspecto que esperaba de un segundo cargo del Banco Dearborn.

Llevaba un traje caro y hecho a medida pero tenía más pinta de salir de una película de Edward G. Robinson que del octavo banco más grande del país. Pero ¿y yo? ¿Acaso tenía pinta de detective? En realidad, la gente no intenta averiguar de qué trabaja una mujer por la manera en que viste, pero se quedan atónitos cuando descubren lo que hago.

Mi cliente se fue dirección este, hacia la avenida Michigan. Me encogí de hombros y crucé la calle para entrar en el Arnie. El propietario me sirvió un Johnnie Walker Black doble y un entrecot de su colección privada.



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