– Me interesa el cristal y creo que aquí hay varias fábricas.

– Están en la isla de Murano. El cristal de Murano es el más fino del mundo.

– Eso he oído. Creo que la fábrica mejor considerada es la Larezzo.

·Unos dicen que es ésa y otros dicen que Perroni es la mejor. Son prácticamente iguales. Si le interesa ver cómo se trabaja el cristal, hoy hay una excursión hacia Larezzo.

·Gracias, me gustaría ir.

Una hora después una gran lancha motora se detuvo junto al embarcadero del hotel y Helena subió a bordo acompañada por otras cinco personas. Allí ya había diez turistas más y el conductor anunció que ésa había sido la última parada y que ahora se dirigirían hacia Murano.

– En un tiempo las fábricas estuvieron en Venecia -le había dicho Antonio-, pero los mandatarios de la ciudad temían que pudiera haber un incendio en una de esas fundiciones que consumiera la ciudad entera. Por eso, en el siglo xm llevaron las fábricas de cristal a Murano.

Y allí habían estado desde entonces, dominando el arte con sus inventivas técnicas y la incomparable belleza de sus creaciones.

Ahora Helena iba en la lancha, llena de curiosidad por lo que descubriría y deleitándose con la sensación de notar el viento contra su piel. Sí, tenía mucho sentido inspeccionar la propiedad de incógnito antes de enfrentarse a Salvatore, pero Helena sabía que en el fondo simplemente estaba disfrutando de ese momento.

Llegaron al cabo de quince minutos.

Jamás había estado en un sitio parecido. La exposición de los objetos de cristal acabados ya era lo suficientemente encantadora, pero detrás de todo eso estaba el secreto de cómo se creaban esas maravillas. Los hornos, los diseñadores, los jarrones soplados a mano… todo la dejó embelesada.



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