– Yo la habría impedido, te lo prometo. Hay formas.

– ¿Formas legales? ¿Formas civilizadas? -preguntó Raffano, mirándolo con curiosidad.

– Formas efectivas -respondió Salvatore con una severa sonrisa-. Créeme.

– Eso seguro. Nunca dudaría que puedes hacer cosas sin escrúpulos.

– ¡Qué bien me conoces! Sin embargo, la boda se celebró. Debió de ser en el último minuto, cuando ella vio que Antonio se acercaba al final y actuó con rapidez para asegurarse una herencia.

– ¿Estás seguro de que se ha celebrado el matrimonio?

– Sí, lo sé por los abogados de ella. La signora Helena Veretti, como ella se hace llamar ahora, está a punto de llegar para reclamar lo que considera suyo.

Ese frío y sardónico tono de su voz impactó a Raffano, a pesar de estar acostumbrado.

– Es obvio que te molesta -dijo-. La fábrica nunca se le habría tenido que dejar a Antonio en primer lugar. Siempre se dio por sentado que sería para tu padre…

– Pero mi padre estaba ocupado enfrentándose a muchas deudas en ese momento y mi tía abuela pensó que estaba haciendo lo más sensato al dejársela a Antonio. Y me pareció bien. Él era parte de la familia, pero esta mujer no es de la familia y no permitiré ver cómo la propiedad de los Veretti cae en sus codiciosas manos.

– Te será muy difícil oponerte al testamento si ella es su esposa legal, por muy reciente que sea el matrimonio.

Una aterradora sonrisa se reflejó en el rostro de Salvatore.

– No te preocupes -dijo-. Como has dicho, sé cómo actuar sin escrúpulos.

– Haces que parezca una virtud.

– Puede ser.

– De todos modos, ten cuidado, Salvatore. Sé que has tenido que ser despiadado desde que eras muy joven para salvar a tu familia del desastre, pero a veces me pregunto si estás yendo demasiado lejos para tu propio bien.

– ¿Para mi propio bien? ¿Cómo puede hacerme daño ser firme?



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