Ella había dejado de desfilar en el punto más alto de su carrera, cansada de esa vida y con la intención de convertirse en una mujer de negocios. Había amasado una gran fortuna y sólo necesitaba una forma de invertirla.

Se había considerado una mujer entendida en los negocios, pero pronto descubrió su error cuando un estafador la convenció para que invirtiera en una porquería de empresa. Antes de que llegara a firmar cheques, Antonio, fue a su rescate, advirtiéndola de que a un amigo suyo lo habían engañado del mismo modo. Así se conocieron, cuando él la salvó del desastre.

Se habían hecho muy amigos. Él pasaba de los sesenta y ya le habían comunicado que no viviría demasiado. Cuando le había pedido que se quedara con él hasta el final, ella accedió sin dudarlo. Su boda había sido todo lo discreta que pudieron y Helena lo había cuidado con amor hasta el día en que murió en sus brazos.

Antonio había hablado abiertamente de cuando ese momento llegara y de lo que había previsto para ella, algo excesivo en opinión de Helena.

Cuando me vaya, Cristales Larezzo será tuyo -le dijo-. E irás a Venecia a reclamarla.

– ¿Pero qué voy a hacer yo con una fábrica de cristal?-Había protestado ella.

– Venderla.Mi pariente Salvatore,te hará una buena oferta.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?

– Porque sé cuanto la desea.No le hizo gracia que me la dejaran a mí en lugar de a él.

– Pero ¿no me dijiste que él ya tenía una?

– Sí, Cristales Perroni es suya y son las dos mejores. Cuando tenga Larezzo, dominará la industria al completo. Nadie podrá superarlo, y eso es lo que él quiere. Puedes pedirle un precio alto. Hay que pagar un préstamo bancario, pero te quedará suficiente dinero después de eso. No lo rechaces, cara. Déjame tener el placer de saber que te he cuidado, como tú me has cuidado a mí.

– Pero yo no necesito dinero -le recordó-. Ya tengo bastante gracias a que me salvaste de aquel fraude. Ya cuidaste muy bien de mí entonces.



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