– Pues entonces deja que vuelva a hacerlo, para darte las gracias por cuánto te preocupas por mí.

«Pero los dos nos preocupábamos y cuidábamos del otro», pensaba ella ahora. «El me demostró que no todos los hombres son codiciosos y avariciosos. Ahora se ha ido y me encuentro perdida».

Fue un largo viaje, primero atravesando el Atlántico hasta París y después una escala de tres horas para tomar el vuelo a Venecia. Cuando llegó a su destino, estaba dormida. Al salir del aeropuerto la esperaba un guarda enviado por el hotel y fue un alivio dejar que él se ocupara de todo.

Apenas fue consciente del viaje en lancha motora por la laguna y el Gran Canal hasta el Hotel Illyria, donde la ayudaron a descender de la embarcación. Una vez en su dormitorio, le dio unos bocaditos a la comida que le tenían preparada antes de meterse en la cama y sumirse en un profundo sueño marcado por el desfase horario.

A medida que pasaban las horas su sueño se hacía más ligero y encontró que Antonio estaba allí otra vez,alegre y jocoso,a pesar de su inminente muerte,porque ese era su modo de ignorar el futuro mientras pudiera disfrutar del presente.

Ya que se sentía mejor en los climas cálidos, se había ido a vivir a Miami, donde pasaban juntos los días, entregados el uno al otro. Para complacerlo, ella había aprendido a hablar italiano además del dialecto veneciano después de que él le hubiera apostado que no podría aprenderlo.

La había engañado Ella había pensado que sería fácil, al pensar que un dialecto era poco más que un cambio en la pronunciación. Algo tarde descubrió que el veneciano era una lengua totalmente distinta.

Antonio se había reído con esa situación hasta tener que usar el inhalador para calmar su tos.

– ¡Te he engañado! -exclamó con voz entrecortada-. Apuesto a que no puedes hacerlo.



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