Y después de eso, a Helena no le que quedó otro remedio que intentarlo y sorprenderse a sí misma y a Antonio cuando aprendió bien las dos lenguas.

Antonio le había enseñado fotografías de su familia, sobre todo de Salvatore, su sobrino segundo, recalcando lo de «segundo» porque lo apreciaba, aunque mantenía las distancias y tendía a evitarlo. No lo había invitado a la boda y ni siquiera se lo había comunicado.

– Es un hombre muy duro -dijo-. Siempre fui la oveja negra de la familia y no le gustaba.

– Pero le sacas más de veinte años -señaló ella-. ¿No debería ser al revés?

– ¡ Ojalá! -exclamó Antonio-. Pero yo preferí dejar que mi administrador dirigiera la fábrica para poder disfrutar la vida.

– ¿Y Salvatore no disfruta de su vida?

– Bueno… eso depende de lo que entiendas por disfrute. Ha podido tener a todas las mujeres que quisiera, pero lo primero siempre ha sido dirigir su negocio. Es un poco puritano, algo raro para un veneciano. Solemos pensar más en disfrutar del presente que en lo que pueda suceder mañana, pero Salvatore no. Debe de tener algo que ver con su padre, mi primo Giorgio, un hombre que de verdad sabía cómo pasárselo bien. Tal vez él se pasó y estuvo con demasiadas mujeres. Sin duda, su pobre esposa lo pensaba. Salvatore también se da sus placeres, pero es más discreto, y a ninguna mujer se le permite entrometerse en su vida. Todo el mundo le tiene miedo, incluso yo. Venecia no era lo suficientemente grande para los dos, por eso me marché, recorrí el mundo, fui a Inglaterra, te conocí y he sido feliz desde entonces.

La fotografía de Salvatore mostraba que era guapo, con un rostro demasiado severo y un aire misterioso que, según le había dicho Antonio, atraía a las mujeres.

– Todas piensan que ellas serán las que lo ablanden, pero ninguna lo ha hecho hasta el momento. Sigo queriendo llevarte a Venecia para que lo conozcas, pero no me atrevo. Eres tan bella que intentaría conquistarte en cuanto te viera.



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