Experimentó cierto orgullo por trabajar en una empresa tan comprometida con la comunidad y con la idea de ayudar a los niños, y le alegró haber aceptado la invitación de Marcus Thornton de pasar unos días en Atlanta. En cualquier caso, no habría rechazado nunca una invitación del presidente de la compañía… pero ese fin de semana parecía el momento perfecto.

Después de terminarse el último bocado de una deliciosa tarta, se limpió, el azúcar de los dedos y continuó su paseo por el lugar. Había muchas familias con niños. Muchas parejas de la mano, riendo, jugando. Posó la vista en una que le recordó vagamente a Shelley y a Dave. Su hermana y su cuñado llevaban cinco años de matrimonio increíblemente feliz, algo que había podido corroborar la noche anterior en la fiesta de cumpleaños dada por Shelley. Verlos juntos lo había llenado de una extraña y melancólica sensación que no había podido definir. Era feliz por ellos, pero, al mismo tiempo, envidiaba esa felicidad que a él le gustaría experimentar.

Y era obvio que Shelley también quería que experimentara esa felicidad, porque había invitado no una ni a dos, sino a tres compañeras de trabajo solteras, por no mencionar a la hija de su vecina. Las cuatro mujeres eran atractivas y agradables. Pero ninguna le había interesado lo suficiente como para querer volver a verla.

Maldijo para sus adentros. Necesitaba salir de esa situación. Ya había superado la ruptura del año anterior con Kimberly, pero, a pesar de ello, ninguna de las mujeres que había conocido desde entonces, lo había entusiasmado. Con las que se había acostado, sólo lo habían satisfecho físicamente. ¿Y por qué demonios eso no era suficiente? Antes solía serlo… pero ya no. Ninguna de las mujeres había inspirado esa chispa que compartían Shelley y Dave. Que compartían sus padres. Y era eso lo que quería.



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