
– Perdóneme, señorita -se disculpó el empleado-. No la vi entrar -se alegró cuando Bliss le ofreció una brillante sonrisa.
Para no sufrir si ese día también olvidaba la hora de la comida, pidió un desayuno completo. Estaba saboreando sus huevos con jamón cuando el hombre, tomando su portafolios, pasó a su lado sin mirarla siquiera.
“Que usted también tenga un buen día”, dijo Bliss para sus adentros, con sarcasmo. Entonces, se preguntó por qué un hombre del que no sabía nada en absoluto, ejercía semejante efecto ácido en ella. De cualquier modo, él tendría un buen día pues era obvio que se dirigía a una reunión de negocios… y tal vez no volvería.
Alegre por esa idea, Bliss se sirvió otra taza de café y decidió que, como el primer museo que quería visitar no abría hasta las nueve, primero iría a la iglesia La Merced, establecida en 1534, antes de que se fundara la ciudad de Lima.
Bliss tuvo un día muy interesante y agotador y regresó al hotel a las cinco y media. Estuvo tan absorta por los museos que de nuevo olvidó comer.
Sin embargo, esperó con buen ánimo el ascensor. Su ánimo desmayó, cuando otro huésped se acercó y subió al ascensor con ella… y con su portafolios.
Bliss seguía maldiciendo su mala suerte, que la hacía toparse con ese hombre, cuando él le preguntó:
– ¿Qué piso? -gruñó. Era obvio que quería que la chica se lo dijera con rapidez, para poder accionar el ascensor cuanto antes y, por lo tanto, reducir el tiempo que estaba obligado a permanecer cerca de ella.
Bliss se enfureció y lo ignoró. Alargó una mano y apretó el botón deseado.
– ¡Vaya modales! -comentó el hombre con frialdad. Bliss tuvo que quedarse callada y aceptarlo, puesto que la noche anterior lo acusó a él de no ser educado, y ahora debía admitir que él tenía razón al devolverle la acusación.
