– Bueno, me dará gusto conocer a su amigo -¿qué le podía decir? Trató de fingir entusiasmo mientras imaginaba que al día siguiente por la tarde se quedaría en el hotel-. ¿Crees que pueda llamarme muy temprano mañana? -inquirió.

– Se pondría en contacto contigo esta noche -rió Erith y Bliss se percató de que la conocía mejor de lo que ella misma imaginaba-. Te va a llevar a cenar.

Bliss colgó después de que Erith le informó que Quin Quintero la llamaría a las ocho. Tomó su reloj y se dio cuenta de que todavía faltaba mucho tiempo, así que fue a darse un baño.

A los diez para las ocho, ya se había puesto un vestido verde. Supuso que, como Quin Quintero estuvo en la universidad con su cuñado, también debía tener treinta y seis años.

Claro que eso no tenía importancia, se dijo mientras revisaba en el espejo que su ligero maquillaje estuviera perfecto y que su largo cabello rojo ya no necesitara más arreglo. En ese momento se dio cuenta de que tenía mejor ánimo.

No sería un problema cenar con el aristócrata Quin Quintero, quien al parecer era un pilar de la sociedad peruana. Además, lo convencería de que no necesitaba de su ayuda, sino que eran su hermana y su cuñado quienes se preocupaban por ella.

Cuando el reloj dio las ocho en punto, Bliss esperó a que alguien llamara de la recepción para avisarle que un señor Quintero la esperaba abajo. Sin embargo, el teléfono no sonó y, un minuto después, alguien llamó a la puerta. Era obvio que el señor Quintero había preguntado en la recepción el número de la habitación de ella, para buscarla en persona.

Bliss sonrió al abrir. Y cuando lo hizo… su sonrisa desapareció. El hecho de que la expresión del alto hombre de ojos grises también se altera con rapidez fue pasado por alto por Bliss, quien preguntó con cortedad:



14 из 126