– ¿Sí? -entonces, se hizo la luz y lo entendió todo-. ¡Oh, no… no usted! -exclamó Bliss.

– ¡No lo puedo creer! -estaba igual de impresionado y molesto que ella. Bliss se irritó… algunos hombres que conocía se alegrarían mucho por llevarla a cenar.

– Usted no… -se interrumpió-. ¿Es usted Quintín Quintero?

– Entonces es verdad -gruñó él.

– ¿Qué es verdad?

– Que usted es la mujer, y cito, “dulce y gentil y con una agradable personalidad”, a quien he venido a llevar a cenar.

– Gracias por venir, señor -Bliss alzó la barbilla, desafiante-. Considere su deber cumplido -comentó con arrogancia y vio que lo ojos de él relampagueaban-. No iría a cenar con usted ni por…

– ¿Qué edad tiene? -interrumpió Quintero.

– Veintidós años -contestó… a pesar de que no quería hacerlo.

– Entonces actúe como una mujer de su edad -rugió.

– ¿Qué…? -se quedó atónita.

– Deje de portarse como una niña y muestre agradecimiento de que su cuñado…

– ¡Vaya! -se quedó de una pieza.

– Su cuñado, para no mencionar a su hermana, esté preocupado por usted, por su salud, su delicado…

– ¡Mi salud! -se enojó Bliss. Había decidido que ya estaba harta de estar enferma y que a partir de ahora ya no lo estaría más-. No hay nada de malo con mi salud -le espetó mientras miraba con fijeza al peruano de sombría expresión.

Sin decir nada, él la miró por debajo de su aristocrática nariz durante algunos segundos. De pronto, sus ojos brillaron con burla.

– ¿Y tampoco hay nada de malo con su apetito? -comentó y de inmediato Bliss se puso a la defensiva. Ahora que él ya no estaba enojado la chica no confiaba mucho en esa sorna.

– ¿A qué se refiere con eso? -inquirió con hostilidad.

– ¿Desea que llame a su hermana y le diga que no cenamos juntos porque usted no tenía hambre? -se encogió de hombros.

Bliss abrió la boca por la sorpresa. Qué hombre tan… Recobró la compostura y estuvo apunto de decirle que lo hiciera, cuando recordó cómo se preocupó Erith cuando Bliss tuvo pulmonía, cómo la cuidó y la alentó para que recobrara el apetito. Bliss odió a Quin Quintero porque él tenía la ventaja… y parecía ser consciente de ello.



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