– ¡Eso es un chantaje! -exclamó Bliss, furiosa. Demasiado tarde se dio cuenta de que cayó más en poder de ese hombre al confirmar que no quería que su hermana se preocupara. Tarde se percató de que debió sugerirle que se fuera al demonio.

– No, tan sólo estoy cumpliendo con mi palabra -declaró Quin Quintero-. Mire -prosiguió sin temor de ofenderla-, yo no deseo más que usted llevar a cabo este ejercicio. Pero Domengo de Zarmoza es muy buen amigo mío desde hace años -aclaró muy bien la situación-, y le he asegurado que, como usted es ahora un miembro de su familia, sería un placer para mí llevarla a cenar y ponerme a su disposición si llega a tener cualquier problema.

Bliss supuso que sólo tenía un problema… él. Sin embargo, se daba cuenta de que, o lo acompañaba para que él pudiera cumplir su promesa a su viejo amigo, o él le hablaría por teléfono a Dom de inmediato. Lo cual le provocaría pesadillas a Erith y tal vez ella y su esposo interrumpirían su luna de miel para volar para Lima y asegurarse, personalmente, de que Bliss estaba bien.

– Esto es ridículo -replicó Bliss y, como no tenía opción, tomó su bolso y salió del cuarto.

Sin pronunciar una palabra más, caminaron hacia los ascensores. era algo ridículo se molestó Bliss. No quería cenar con ese hombre ni él quería cenar con ella. ¿Y qué estaban haciendo? ¿Yendo a cenar juntos?

Quin Quintero decidió que podrían cenar en el mismo hotel en el que estaban hospedados, y eso fue obvio porque el ascensor se detuvo e el piso donde estaba el restaurante. Ambos salieron.

Ya estaban terminando casi de comer el primer platillo y no se habían vuelto a dirigir la palabra. De pronto, Bliss fue consciente de que Quin Quintero la estudiaba. Alzó la vista con rapidez y se percató de que él le observaba el cabello rojizo:



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