
Él le quitó la vista de encima y le preguntó con calma:
– ¿Puedo ayudarla en algo, señorita?
– No, gracias señor -contestó con cortesía y frialdad, antes de tomar una cucharada de sopa.
Llegó el segundo plato y Bliss empezaba a cortar su filete, cuando él comentó con voz suave:
– Espero que no haya tenido que cancelar una cita para cenar con otra persona.
Bliss lo miró con fijeza, con sus ojos grandes y verdes. Cerdo, pensó. Sabía muy bien, por su tono desdeñoso, que se refería a la ocasión en que pareció que ella estaba dejando que el señor Videla la “sedujera”.
Mas no se rebajaría a darle una explicación de su amistad pasajera con el señor Videla y su esposa. Sin parpadear siquiera, replicó con dulzura:
– No tenía ninguna cita para esta noche -y dejó que él intuyera que, de tener otro compromiso, no estaría en ese momento en su compañía.
Se dio cuenta de que él así lo asumió. Sin embargo, no entendió, cuando él hizo una mueca como si lo que ella dijo lo divirtiera mucho de pronto. Claro que él no sonrió y Bliss apartó la vista de la boca de hombre, que, por cierto, era muy atractiva.
Cuando volvió a verlo, de nuevo estaba muy serio. No obstante, Bliss se sorprendió a si misma al hacerle la misma pregunta, cuando ella no estaba interesada en saber la respuesta:
– ¿Y usted, señor? ¿Acaso tuvo que cancelar una cita para poder cumplir su promesa a mi cuñado y cenar conmigo esta noche?
Quin Quintero la miró con desprecio durante una larga pausa.
– No -eso fue todo lo que contestó, a pesar de que implicaba que más habría cancelado nada por estar con Bliss esa seca contestación aguijoneó a la chica, quien le hizo otro comentario, incongruente con la falta de interés que estaba segura sentía.
– ¡Ah! -exclamó como si de pronto entendiera la razón por la cual él estaba libre esa noche-. ¡Está casado!
