
Y se volvió a alegrar cuando no tuvo oportunidad de hacerlo, Pues el escogió precisamente ese momento para romper el silencio, después de no hablarse desde hacía varios minutos.
– ¿Y usted? -preguntó con frialdad mientras la observaba con detenimiento.
– ¿Yo? -no entendió a qué se refirió.
– No tiene anillos en las manos -comentó él a modo de aclaración-. Claro que eso no significa nada en esta época.
– Ah -algo en su voz la hizo enfadarse de inmediato-. No esto casada.
– Supongo que existe un caballero en cuestión.
Bliss pensó que era justo que él a su vez le hiciera preguntas demasiado personales, y le pareció favorable para su orgullo fingir que tenía un novio, pues ya había declarado que esa noche no tenía ninguna cita con un hombre. Se dio cuenta de que Ned podía serle muy útil.
– El hombre en cuestión se llama Ned Jones… y ese asunto sólo es de mi incumbencia -replicó mientras tomaba su taza de café.
Casi lo había terminado de tomar cuando un par de jóvenes muy elegantes entró en el restaurante. Bliss sabía que hospedaban en el hotel y en los últimos días había adquirido la costumbre de saludarlos, al igual que a otras personas. Ahora no vio motivo para ser grosera sólo por estar cenando con un hombre.
Ambos le sonrieron y ella les devolvió la sonrisa.
– Sería una buena idea que contuviera sus impulsos de seducir a todos los hombres con los que se encuentra mientras está en Perú -gruñó Quin Quintero de inmediato-. Puede ser que usted no…
– Si ya no tiene nada más que decir, señor, le deseo que pase una buena noche -lo interrumpió y se puso de pie. Ya estaba harta de ese hombre, además de que, en primer lugar, ella no había querido cenar con él.
Él también se levantó y de nuevo la contempló con desprecio, mientras declaraba:
– Adiós, señorita.
Bliss se alejó muy derecha, segura de que nunca en su vida ningún hombre le resultó tan desagradable. ¿Cómo se atrevía a advertirle que no coqueteara con los hombres a quienes se encontraba? ¡Qué arrogante!
