
El taxi se estacionó frente a un elegante hotel y Bliss ya estaba lo suficientemente serena para darse cuenta de que el hecho de que Quin le recomendara un hotel en Cuzco era algo que debía apreciar, pues lo mismo hicieron Dom y Erith en Lima.
Sin embargo, cualquier agradecimiento la abandonó cuando Quintero también bajó del taxi. Todavía estaba Bliss intentando darle las gracias, cuando vio que el chofer bajaba todo el equipaje y lo entregaba al portero que salió del hotel, y que su compañero de viaje pagaba al taxista.
– No piensa quedarse aquí también, ¿verdad? -preguntó Bliss cuando Quin la metió en el hotel con brusquedad. No le agradaba en absoluto la idea de que el amigo de su cuñado pensara cuidar de ella.
– Este hotel es lo bastante grande como para albergarnos a ambos -declaró.
“Eso es lo que usted cree”, pensó Bliss, enfadada, y miró hacia la puerta principal con la idea de pedirle al portero que bajara su maleta del carrito y le detuviera el primer taxi que pasara. Pero Quin Quintero susurró con voz sedosa:
– Claro, a menos que usted prefiera que, yo llame a su cuñado para preguntarle cuál es el hotel que él le recomienda.
– ¡No se atreva a hacer nada semejante! -explotó Bliss. Recibió una mirada congelada de esos ojos grises. Era obvio que a ese hombre no le gustaba que le hablaran de ese modo.
“Qué lástima”, se dijo la chica. Debía quedarse en ese hotel, pues por nada del mundo quería que Quin llamara a Dom. Resignada, se dirigió a la recepción.
– ¿Tiene algo que hacer en Cuzco? -Bliss no pudo resistirse a hacerle una última pregunta hostil.
– Eso no es algo que le incumba -replicó él… y por primera vez en su vida, la chica sintió deseos de pegarle a un hombre.
Claro que no le pegó, ni le dijo nada más. Fue la primera a quien le asignaron un cuarto. Se alejó con el portero sin dirigir a Quintero una palabra más, todavía ofendida porque él le hubiera advertido que se entrometiera en su vida.
