En su cuarto, se sentó en una silla y reconoció que estaba un poco débil. Se dijo con firmeza que no había nada que una buena comida y un poco de descanso no pudiera curar.

No tenía mucho apetito, pero como no deseaba caer enferma de nuevo, decidió que descansaría media hora antes de visitar Cuzco a pie y buscar un restaurante.


Bliss regresó al hotel un poco después de las cinco, después de haber pasado unas horas muy agradables. Visitó la plaza de la ciudad, comió en el Café Roma y observó algunas ruinas Incas impresionantes. Estaba contenta de estar en Cuzco, la ciudad, con forma de puma. Por fortuna, de pronto se encontró con la calle Hatún-Rumiyoc. En esa calle de granito Inca miró el alto y peculiar muro hasta hallar la famosa piedra que encajaba a la perfección y que tenía doce lados.

Una vez que se hubo bañado y cambiado de ropa, decidió que cenaría temprano.

Mientras tomaba su sopa de calabaza, estuvo segura de que su decisión no tenía nada que ver con el hecho de que, al hacerlo, minimizaría el riesgo de toparse con Quin Quintero. Quería hacer muchas cosas al día siguiente, así que le pareció sensato cenar temprano para poder subir a su cuarto y planear su itinerario.

Le pareció raro que al regresar a su habitación tuviera la sensación e que algo le faltaba. Estaba segura de que eso no estaba relacionado de ninguna forma con el hecho de no ver a Quin Quintero desde la hora de la comida, pero no pudo evitar preguntarse si no había una faceta perversa en su naturaleza que disfrutara mucho de discutir con ese hombre.

A la mañana siguiente desechó cualquier noción de que su sensación de falta se debía a la ausencia de Quin Quintero. Tal vez sólo extrañaba su hogar y a su familia. Lo cual también era extraño, porque hasta ahora no había pensado mucho ni en su padre ni en su madrastra. Ese era el viaje con el que soñó toda su vida.

Bliss no vio a Quin durante el desayuno y se olvidó de él cuando salió a la ciudad que fue la capital del imperio Inca. Primero, se dirigió a la catedral, que fue construida sobre las bases del Palacio Inca de Wiracocha, en el siglo dieciséis. Y de allí fue a Korikancha, un convento que fue destruido en 1950 por un terremoto. Sin embargo, gracias a las técnicas arquitectónicas de los incas, las bases del edificio quedaron intactas.



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