
Fue a comer y, mientras lo hacía, rumió la mejor manera de ver todo lo que quería visitar ese día. Le tomaría horas y horas si se ponía a caminar. Así que tomó la decisión de ir en taxi, y no se dio prisa. Cuatro horas más tarde, después de pasar el tiempo viendo lo que deseaba, Bliss regresó al hotel, feliz.
Como pasó todo el día subiendo y bajando, y recorriendo las ruinas, decidió descansar los pies antes de bajar a cenar.
A las siete se dio un baño y se puso su traje de seda. Bajó al restaurante, pensando en todas las cosas que había visto.
– ¿Mesa para usted tan sólo, señorita? -un camarero sonriente se le acercó y la llevó a una mesa que tenía dos lugares.
– Gracias -sonrió al tomar la minuta.
Estaba absorta leyendo los platillos, cuando alguien más se dirigió a ella.
– ¿Puedo sentarme con usted? -inquirió la voz que le resultaba ya tan conocida.
Bliss alzó la vista. Tal vez el día anterior le hubiera sugerido que se fuera al demonio. Sin embargo, ahora se sentía dichosa… y supuso que era positivo que ese hombre tan arrogante le hubiera pedido permiso antes de sentarse.
– Por favor -sonrió y Quin Quintero tomó asiento frente a ella.
Bliss se dispuso a continuar leyendo la minuta, cuando se percató de que él contemplaba con fijeza su cabello. Se llevó una mano a la cabellera, sin saber que ésta reflejaba la luz de la lámpara que estaba sobre la mesa y que provocaba un efecto sorprendente.
– ¿Pasa… algo malo? -trató de no pensar que tal vez tenía un bicho en la cabeza.
