Resultó que era un plato de carne de res frita con cebolla y pimientos, servida con papas fritas y arroz.

– Está muy sabroso -comentó.

– Confiaré en su palabra -replicó él con naturalidad-. ¿Hizo algo hoy para satisfacer su alma arqueológica?

– Va a desear no haberme hecho la pregunta -advirtió Bliss y le contó sus visitas a la catedral y a Korikancha mientras cenaba. Observó que estaba muy a gusta en compañía de él.

– Tuvo un día muy interesante -comentó él al ver el entusiasmo que hacía relucir los grandes ojos verdes.

– Eso fue por la mañana. Después de la comida, fui a la fortaleza de Sacsahuaman… ¿sabía usted que algunas de las piedras de la base pesan más de cien toneladas? -estaba admirada-. Y fueron arrastradas allí desde un sitio que está a siete kilómetros de distancia. Debieron ser necesarios miles de hombres para… -se detuvo-. Lo siento, tal vez usted ya conoce muy bien la historia…

– Siempre es interesante oír cómo la ve un par de ojos nuevos -aseguró Quin con tanto encanto que Bliss ya no sintió vergüenza. Aunque dudó de si debía continuar con la historia de Sacsahuaman-. Por favor, prosiga.

– Bueno, después de la fortaleza, con la ayuda de un chofer de taxi, fui a Kenko -no le dijo que ese adoratorio inca tal vez databa de los días de Huayna Cápac o quizás era anterior a eso. Con los ojos brillantes, añadió-. De allí, fui a Tambomachay -eso le pareció muy interesante, pues fue el lugar donde se bañaban las mujeres de la corte real inca, usando el agua de un manantial en la colina.

Bliss estaba a punto de decirle que visitó Puca Pucara, que se decía que era un puesto de correspondencia entre Cuzco y el valle Urubamba, cuando se percató de que no a todos les interesaba la arqueología y que tal vez lo estaba aburriendo mucho ya. Algo que el día anterior no le habría importado.



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