Sin embargo, esta mañana, no se hacía más ilusiones. Quin Quintero al parecer tenía la habilidad de gritar un momento y ser encantador al siguiente. Bliss pasó por alto el hecho de que transcurrido veinticuatro horas desde que ella se alejó sin dirigirle la palabra el sábado y el hecho de que él la acompañara a cenar la víspera. Se hizo de la opinión de que la próxima vez que lo viera, él estaría dispuesto a comérsela viva.

Fue raro que ahora, cuando más quería dejar de pensar en él, no pudiera dejar de hacerlo.

“Concéntrate en otra cosa”, se dijo. Intercambió la visión de unos ojos cálidos y una rara sonrisa por una de Machu Picchu. Aunque nunca antes había estado allí, esas ruinas parecían estar presentes en cualquier publicidad que se refería a Perú.

De nuevo, el personal del hotel le facilitó las cosas. El empleado de la recepción se aseguró de que todo estuviera en orden para ella.

Hasta le encontró a un chofer de taxi que sabía hablar inglés.

– Venga para acá -le dijo el chofer cuando llegaron a lo que parecía ser el patio de la estación.

Bliss pensó que viajaría hasta Machu Picchu en tren y se preguntó entonces si no estaría ya todo lleno, puesto que el chofer del taxi la llevó a donde estaba estacionado un autobús.

Confiando en que el empleado del hotel le hubiera dado al chofer instrucciones precisas, a Bliss le pareció lógico abordar el autobús y esperar a ver el resultado.

Sin embargo, se sintió mejor al observar que había otras personas en el interior y bastantes turistas, lo cual significaba que su espíritu aventurero tal vez no la había defraudado aún.

Tomó un asiento doble junto a la ventana y de pronto se dio cuenta de que el autobús sólo la trasladaría parte del camino, puesto que la única forma de llegar a la antigua ciudad inca era por tren, si recordaba bien sus lecturas.

Un hombre gordo se sentó a su lado. A Bliss no le molestaba ser mirada de vez en cuando con admiración, pero le disgustó mucho la forma en la que ese desconocido la observó. Desvió la mirada.



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