Pensando que tendrían que cambiar el autobús por un tren, Bliss miró con fijeza por la ventana, esperando que fuera pronto. En ese momento escuchó que alguien se dirigía al hombre que estaba sentado a su lado. Tal vez el hecho de que el recién llegado habló con un tono que no admitía réplica, fue lo que hizo que Bliss pensara que esa voz le parecía familiar.

Descubrió, con una fuerte impresión, al hombre alto y fornido, parado en el pasillo, que esperaba que el hombre gordo se moviera del asiento. El corazón le dio un vuelco.

– Buenos días, Bliss -saludó Quin cuando el otro hombre se alejó, reacio.

– Buenos días -sonrió Bliss, alegre de pronto-. ¿También vas a Machu Picchu?

– De pronto se me ocurrió que he visitado mucho de lo que el resto de los países tienen que ofrecerme y que hacía mucho tiempo que no veía lo que hay en el patio trasero de mi casa.

– ¿Machu Picchu es el patio trasero de tu casa? -rió y vio que él observaba su boca.

En ese momento, el chofer del autobús entró y encendió el motor. Bliss se emocionó mucho. En poco menos de cinco horas vería Machu Picchu en persona… y estaba muy agradecida con Quin por haberle pedido al ocupante anterior del asiento que se fuera, pues así podría relajarse más y disfrutarlo todo.

Media hora después, tomaron una carretera bordeada por altos árboles. Y quince minutos más tarde Bliss vio a la distancia los nevados Andes.

– ¡Fantástico! -exclamó y se volvió por instinto, para compartir esa alegría con alguien. Se sobresaltó un poco al descubrir que Quin la estaba estudiando a ella y no al panorama. Se dio cuenta de que exclamación de placer debió atraer su atención-. Claro, tú lo has visto todo antes ya -murmuró, avergonzada de pronto.

– Pero nunca en un día de agosto con una hermosa y pelirroja inglesa como acompañante -fue galante y Bliss olvidó su timidez.



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