Bliss siguió contemplando el escenario desde la ventana, intrigada de nuevo por la súbita perversidad de su naturaleza. Estaba segura de que le importaba un comino que Quin la usara como la compañera sustituta de la mujer a quien amaba… una sustituta muy mediocre, se dijo Bliss, puesto que ni siquiera existía una amistad entre ambos.

Bliss se percató de que era algo más que perversidad. ¿Por qué tenía ella que sentirse molesta, ella, quien tenía una reputación de ser muy quisquillosa con los hombres? Debía ser muy orgullosa para que el hecho de ser usada como sustituta la irritara tanto. Y no pudo analizar por qué… cuando ella solía ser muy compasiva con el sufrimiento del prójimo.

Decidió que no tenía tiempo para analizarse, y no veía por qué tendría siquiera de tratar de hacerlo. Estaba en Perú y debía disfrutar de todos los momentos del viaje. Pronto volvería a Inglaterra… cada segundo era un tesoro.

Estaban cruzando un pueblo pequeño. Bliss permitió que su curiosidad despertara y le preguntó a su compañero:

– ¿Puedes decirme lo que significa ese largo poste que parece tener una flor al final?

– Es una señal, para todo aquel que esté interesado, de que el dueño del establecimiento vende chicha -comentó con naturalidad y Bliss no vio nada en su agradable expresión que revelara que estaba muy dolido.

– ¿Chicha? -preguntó. Trató de conservar su voz neutral, porque de pronto la invadió una sensación de suavidad por él.

– Una bebida alcohólica hecha en casa.

Bliss sonrió y siguió viendo por la ventana.

Superó su momento de suavidad y se preguntó qué se posesionó de ella. En ese preciso instante, el autobús se detuvo. Toda la gente empezó a salir. Debía de ser una especie de terminal.

– ¿En dónde estamos? -trató de mantenerse cerca de Quin cuando todas las personas que tenían aspecto de turistas fueron asediadas por comerciantes que intentaban vender sus artesanías de vivos colores.



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